Confiamos en que vayan siendo las últimas sesiones de control de la legislatura, no vaya a ser que alguien termine viéndolas por ahí fuera. Imagínese usted que le llega un vídeo de María Jesús Montero al comisario de Economía de la Unión Europea, que ya está bastante preocupado con España. En concreto imagine que le llega el críptico pasaje en el que este miércoles la ministra de los presupuestos incapaz de aprobar presupuestos le explica a José María Figaredo, de Vox, lo siguiente:
-A pesar de intentar hacer una interacción, lo mire por donde lo mire, la justicia fiscal en España que tenemos es buena y permite financiar servicios.
Será una paradoja lo que voy a decir, pero la izquierda antiayusista se ha vuelto tan conservadora como la derecha antiayusista de Abascal, aunque ambas odiarán reconocerlo. Por las dos orillas de la ideología van rezongando al unísono por el traspaso de la propiedad del Café Gijón, o por la epidemia de restaurantes con ínfulas de acuario para ricos que someten a la tasca y al bareto, o contra el cierre de una farmacia histórica que ahora oferta bisutería china. Es culpa de este Madrid misceláneo y fluido que no negocia con la unanimidad museística de las nostalgias ochenteras. En esa añoranza rígida coinciden el humorista de Más Madrid, la charo sociata y el joven Quero de Vox, que tiene pendiente y estudios, a diferencia de todos sus compañeros, y eso lo vuelve inevitablemente llamativo como una tarántula sobre un trozo de bizcocho. Desde la razón iliberal compartida con el progre, los pisazos en Salamanca o Chamberí pagados a tocateja por un mexicano podrido de pesos irritan al portavoz de ese giro lepenista que quieren imprimirle los visionarios de Bambú a la derecha de toda la vida (tarea hercúlea que vamos a ver si no termina como el rosario de la aurora, porque quiero ver yo al cayetanado votando a favor de más intervención del Estado y menos libertad para las empresas).
Cuando denunciamos el deterioro institucional experimentamos la misma sensación que Lyndon B. Johnson cuando hablaba de economía, según le confesó a Galbraith: «¿No has pensado, Ken, que hacer un discurso de economía es como mearse encima? Uno nota el calor, pero nadie más se da cuenta».
Fui el jueves a ver Los domingos, un raro milagro del cine español. Todavía no comprendo bien que la directora haya nacido en Baracaldo hace 47 años y no en la Noruega de Ibsen, en la Dinamarca de Dreyer o en la Suecia de Bergman, con perdón. Su inmersión en los claros y en los oscuros de la institución familiar no puede ser más reconocible -conflictos universales a fuerza de locales-, pero la sutileza con la que rueda Alauda Ruiz de Azúa y la obstinación con que se sustrae una y otra vez a la tentación del dogmatismo no parece de este suelo, ni de ese gremio. Nuevamente con perdón. Pero es que por aquí estábamos acostumbrados a otra cosa, doña Alauda.
La naturaleza navarra imitando el arte valenciano. En realidad el milagro ocurrió el miércoles por la tarde, pero el hijo más célebre de Milagro, en involuntario homenaje al título de Berlanga, eligió el jueves para regresar a su aldea originaria recién salido de Soto del Real. Pero el milagro no es que saliera: el milagro sería que no volviera a entrar. Y como él lo sabe, ha decidido reestrenar la libertad que le quede revisitando el lugar donde todo empezó. La suya es la chispeante historia de un electricista que se conectó a la fuente, organizó la red, sobrecargó el circuito y terminó electrocutado.
En el principio fue Franco. Nada se explica sin él sobre la faz de esta tierra, en el solar machadiano por donde cruza errante la sombra de Caín. Ni los pantanos ni las universidades privadas ni la energía nuclear. Del urbanismo de Benidorm a las navidades en familia, todas las asechanzas que envenenan los sueños del alma progresista se remontan incesantemente a aquel alzamiento que destruyó el edén republicano. Puede que Franco muriera en la cama hace medio siglo, pero el franquismo no puede morir: no lo permitirá el antifranquismo. Hubo una izquierda efímera que prefirió definirse como hija de la democracia antes que como nieta de la guerra civil, pero esa herejía felipista fue denunciada por el zapaterismo y definitivamente condenada por el sanchismo.
La expresión «tolerancia cero» referida a la corrupción ha envejecido fatal a estas alturas de tardosanchismo. Contra toda la evidencia aportada por el nuevo informe de la UCO, esas fueron los dos primeras palabras que salieron de la boca de Pedro cuando Feijóo le preguntó si para sacar algo adelante en España hay que reservarle primero a Don PSOE una mordida del 2%. Vamos a recordar que el presidente del Gobierno pudo serlo porque Koldo le custodió los avales y Ábalos le ganó unas primarias que todavía no sabemos si financiaron los húmedos rendimientos de la sauna familiar. Y vamos a recordar que si se mantuvo como presidente fue porque Santos Cerdán («un gran negociador») le allegó los votos de Bildu y Junts, sin dejar de repartirse sillones estratégicos con el PNV.
De la espuma digital ha emergido Gaby Rufián con rango de tribuno de la plebe, y nuestro Lerroux de Santa Coloma se ha creído el título. Lo cierto es que nunca resultó tan parlante su apellido como cuando queriendo defender a las víctimas de la dana terminó victimizando a Mazón, ejercicio contraproducente que la izquierda no debería perdonarle en el caso de que PP y Vox acaben sumando otra mayoría absoluta en Valencia. Si ese escenario sigue siendo el más probable después de la dimisión (tan imprescindible como tardía) de un presidente autonómico, habrá que buscar la causa en la caprichosa nigromancia del progresismo. Porque no todos los muertos son igualmente aprovechables: los desnucados por ETA arden peor en esas piras de agitación y propaganda que los de las cunetas franquistas. Pero los valencianos con los que uno habló en Paiporta el mes pasado repartían con bastante equidad las culpas de su desgracia. Y les enfada ver que toda la responsabilidad la asume el dimitido, con cuyo cadáver político siguen ensañándose los alimoches parlamentarios, mientras el partido de la rosa (al que competían la emergencia nacional, el despliegue militar y las ayudas económicas) se va de rositas. Discretamente acaba de licitar el Gobierno las obras del barranco del Poyo que bloqueó durante años. A buenas horas reconocen su trágica omisión.