Parece que madrugaron su optimismo todos aquellos que festejaban el principio del fin de la cultura de la cancelación. Proliferan los ejemplos que cantan la entrañable resiliencia de nuestro espíritu inquisitorial. Hemos asistido a una campaña de segadores catalanes contra Filmin por exhibir un documental sobre los agentes enviados a sofocar las llamas de los incendiarios separatistas, todos ellos procedentes de familias con mayor renta per cápita que cualquier policía. Y una semana después el boinazo de Uclés tumbaba unas jornadas sevillanas que postulaban una conversación entre diferentes sobre la guerra civil, con el ánimo benemérito de no repetirla. Pero se ve que sobre nuestras guerras civiles no se puede reflexionar, porque pensar sobre ellas nos quitaría las ganas de seguir declarándolas. Que es para lo que verdaderamente fuimos creados los españoles.
No entendemos la decepción de una parte de los católicos españoles con la jerarquía de la Iglesia por haber apoyado la regularización de inmigrantes ya integrados, decisión asumida en el pasado por gobernantes tan escasamente zurdos como Reagan o Aznar. Uno puede definirse como católico o como nativista, pero no las dos cosas a la vez. Con el evangelio en la mano, la decepción más bien debería surgir de haber oído a monseñor Argüello derogando el sermón de las bienaventuranzas, sobre el que se edifica la doctrina social católica: «¡Malaventurados los negros, los moros y los sudacas, porque ellos se quedarán sin papeles!». Llámenme librepensador, pero no acabo de encajar una maldición como esa en mi edición canónica de la Biblia (BAC, 2010).
Cada cual se obsesiona con lo que no tiene, así que el madrileño enseguida se alboroza ante el mar y ante la nieve. Me refiero al madrileño capitalino, porque el serrano viene acostumbrándose al mullido silencio de las cumbres blancas desde tiempos carpetanos. El carácter de Madrid consiste en un casticismo amistado con la vanguardia, y por eso debía ser el más madrileño de nuestros escritores quien nos informara del origen de los cisnes: desde Ramón sabemos que nacen de la nieve caída en el lago. No sabemos cuántos cisnes nacieron del seno glaciar de Filomena, ni sabemos si nos abandonaron como los patos de Tony Soprano o si reemplazaron a los que nadaban unánimes junto al Palacio de Cristal, aprovechando que El Retiro lo cierran por las noches. La nevada de nuestras vidas nos visitó hace cinco años como la embajadora cósmica de otra era. A este madrileño le cayó en mitad de una mudanza, inaugurando a sus treinta y muchos la improbable condición de propietario, y al tomar orgullosa posesión de mi dominio tuve primero que desokupar a Filomena, que había descerrajado la caldera con sus gélidos puños. Dos semanas pasé duchándome con una ensaladera puesta a calentar en el microondas. Pero nunca temblé tanto como en el cubil de mi primera emancipación: le sobraba bohemia a fuerza de faltarle calefacción en enero y aire acondicionado en julio. Cuando le mandé a mi hermana médico una foto de mis dedos súbitamente añiles, en la esperanza de haber merecido al fin la bendición de los estigmas, me respondió con un arcaísmo sacado de las historietas de Carpanta: «Sabañones».
Se están diciendo muchas cosas sobre David Uclés, todas ellas en respuesta a cosas que no para de decir el propio David Uclés, joven escritor que no procede precisamente de la estirpe bartlebyana de Pynchon o Salinger, quienes preferían desaparecer en el grito mudo de sus libros y aun ese ejercicio se les antojaba infectado de exhibicionismo culpable. Se dice de Uclés que confunde el activismo con la literatura, o que dedica más esfuerzo a planificar la estrategia comercial de sus obras que a limpiarlas de solecismos, anacolutos, gerundios y topicazos, que es lo único por lo que deberíamos pagar a un escritor. Se acusa a Uclés, en suma, de cultivar a su personaje antes que a sus personajes. Un personaje de diseño, calculadamente progresista, con el catálogo en regla de filias y fobias compulsadas por un mandarinato cultural que aún concede los premios o administra las cancelaciones en España.
Ya no hace falta ser un paranoico de las redes para compartir esta melancólica sensación de decadencia nacional. La triste perspectiva de que la mejor España ya haya pasado empieza a asentarse en las cabezas mejor informadas porque los datos no matan el relato: se alían con él, le ponen números cantores a este nuevo noventayochismo que va refunfuñando por las novedades editoriales y los artículos de fondo. Los partidos antisistema de izquierdas y de derechas contemplan satisfechos la propagación del pesimismo en la esperanza de que ceda el centro social y el electorado se decante mayoritariamente por tirar el barreño de agua sucia con el bebé democrático dentro. Es decir, que los votantes atribuyan la pandemia, el apagón, la dana y Adamuz al pacto de reconciliación que empezó a fundarse hace medio siglo.
No fue un periodista deportivo -la estirpe mejor dotada para el epíteto- quien le puso a Julio Rodríguez el sobrenombre de «ángel de Adamuz». Fue Carmelo, el padre de uno de los viajeros a los que Julio rescató del jeroglífico de hierro del primer vagón del Alvia.
El maestro lo ha vuelto a hacer. José Antonio Morante de la Puebla ha vuelto a torear al ganado más difícil, que no es el que embiste en el ruedo sino el que ocupa el tendido. Reaparece antes de que hayan terminado de secarse las mejillas de tantas viudas inconsolables a las que acaba de arruinar la pose de elegía. Pero ellas se consuelan rapidísimo, y ya andan celebrando haber sido estafadas por el genio del burle. Verlo torear de nuevo bien vale el sacrificio de la credulidad.
Así que el vínculo forjado en las playas de Normandía se acabará disolviendo con el hielo de Groenlandia. Europeos y estadounidenses (junto al compromiso canadiense que hoy vuelve a honrar Carney) sellaron con sangre una alianza contra el totalitarismo nazi primero y comunista después, pero no parece que esa alianza atlántica vaya a sobrevivir al segundo mandato de Trump. Aún peor: tampoco parece que pueda ya restaurarla su sucesor, sea demócrata o republicano. Porque no asistimos al posicionamiento ideológico de una determinada administración sino a un cambio de paradigma histórico. Según la ley de Tucídides, el Darwin de la historiografía, toda potencia menguante entra en conflicto inevitable con la potencia ascendente, y esa guerra fría con China exigirá a EEUU que libere todos los recursos que durante las décadas durmientes del gigante chino tenía destinados a la OTAN para contener al oso ruso. Hoy la Rusia de Putin es menos poderosa que la URSS, y precisamente por eso ha visto en el ascenso de Pekín que amenaza a Washington la última oportunidad de recuperar algo de la gloria perdida tras la caída del Muro. Y a Trump no le importa que esa «operación especial» de expansión dictada por la nostalgia se consume a costa de territorio europeo, prescindible como un exnovio. ¿Para qué quiere Vladimir tantas cabezas nucleares si no puede rusificar el Báltico? ¿De qué le sirve a Donald comandar el ejército más poderoso de la historia si no puede exhibir sus fulminantes destrezas en las pantallas líquidas de todos los espectadores del planeta? Este es el viejo nuevo orden mundial, basado en la fuerza. El atlantismo, visto así, es la grata reliquia de un tiempo que en realidad ha durado demasiado, como el yogur olvidado en la nevera.