
Se habla mucho de las carencias de los tertulianos pero no se cita su ventaja más indiscutible. Y no se cita porque ni los espectadores ni los oyentes se benefician de ella tanto como el propio tertuliano. Me refiero a la posibilidad de rozarse intelectualmente con extraños y contraer alguna idea provechosa a consecuencia de ese roce clandestino. El tertuliano no aprende ni enseña nada durante la tertulia, pero no es descabellado que lo haga antes o después, porque comparte espacio y tiempo con otros tertulianos fuera del alcance de la cámara o del micro. Por tanto en condiciones favorables al despliegue transparente de una cierta honestidad. Lo único que echo de menos de mi avatar tertuliano, ya felizmente superado, es esa ocasión para la charla incruenta con otros jornaleros de la opinión audiovisual en la salita o en el taxi. A veces uno confirmaba allí la impresión surgida en el fragor de la tertulia; otras veces la matizaba.






