
Pablo Iglesias ha ido a Cuba a lo mismo que todo el mundo: a hacer turismo. En su caso, por rescatar la fórmula feliz de Ignacio Vidal-Folch, se trata de ese turismo del ideal con el que la izquierda creyente profesa su credo infantil mientras fortalece al capitalismo, ese estómago inescrupuloso que se nutre incluso de marxismo revolucionario con tal de seguir bombeando sangre fresca por las venas abiertas de América Latina. El comunismo solo es un producto más, una experiencia que se vende estupendamente en cómodos paquetes turísticos.






