
A diferencia de lo ocurrido en otras democracias de nuestro entorno, en la numantina España resiste el bipartidismo (al menos nominal) que democristianos y socialdemócratas instituyeron en la posguerra para canalizar el conflicto social, civilizar la dialéctica amigo/enemigo y proteger a los ciudadanos de los fervorines ideológicos que convirtieron la primera mitad del siglo XX en una morgue masiva. Tal fue el éxito de la fórmula que un pensador estadounidense de origen japonés decretó el fin de la historia. Y ahora que la historia parece regresar con fuerza, España también vuelve a ser diferente. Pero esta vez por fortuna.






