
El orador despacha su discurso con el automatismo municipal que da la costumbre. Sus frases se concatenan sin esfuerzo ni pasión, parecen brotar del mecanismo oculto que tracciona las escaleras del metro de Madrid cuando no se estropean. Él adquirió esa mecánica destreza cantándole temas al preparador de abogados del Estado. Es una retórica monótona, quizá demasiado fría en estos tiempos de emotivismo a flor de red, pero a cambio imprime a sus intervenciones cierta solidez industrial, una fluidez sintáctica que contrasta con los balbuceos sincopados que cualquier cronista parlamentario debe tolerar cada semana.






