
Un día las elecciones de Castilla y León de 2026 serán recordadas con lágrimas de añoranza por todos los amantes de la vieja política. Es decir, por todos esos ciudadanos que aborrecen el mesianismo, que no necesitan posicionarse cada cinco minutos en el lado correcto de la historia, que experimentan un vívido bochorno ante la espontaneidad milimetrada del político que se graba jugando con su perrita y que jamás han depositado en sus representantes otra expectativa que la de ser capaces de cuadrar un presupuesto, mantener los servicios públicos, garantizar el orden en la calle y a ser posible no meter la mano en la caja.






