
Después de llegar a la política y al fútbol era cuestión de tiempo que la nostalgia alcanzase también al amor. Cómo será la cosa que Cumbres borrascosas -la película, no la novela- acumula semanas en lo más alto de la taquilla contra las advertencias unánimes de los críticos. Dicen que las salas huelen a derrame de hormona tontorrona. Y que manadas de zetas anhelantes de amores analógicos se internan en esos extraños hangares mal iluminados que los buméridos llaman cines.







