
Desde el confort de un Madrid tibio y libre que ya estira los dedos para tocar la primavera da cierto rubor pronunciarse sobre la muerte de Ali Jamenei: ni que optáramos a un goya. Quien sí optaba a uno era el director de cine iraní Jafar Panahi, encarcelado dos veces por los ayatolás y detenido muchas más por significarse políticamente. Ciertamente, en virtud de algún arcano antropológico que no guarda particular relación con la inteligencia o la cultura, las gentes del cine propenden a la injerencia política de cacharrería en mayor medida que los escultores efímeros o los críticos gastronómicos; pero hay una sutil diferencia entre criticar al poder para solidarizarse con la oposición, como hace Panahi, y criticar a la oposición para solidarizarse con el presidente, cómodamente instalado junto a su imputada esposa en el patio de butacas para constatar el satisfactorio grado de penetración de su propaganda en el solícito sector del cine plurinacional del Estado español.






