
Se están diciendo muchas cosas sobre David Uclés, todas ellas en respuesta a cosas que no para de decir el propio David Uclés, joven escritor que no procede precisamente de la estirpe bartlebyana de Pynchon o Salinger, quienes preferían desaparecer en el grito mudo de sus libros y aun ese ejercicio se les antojaba infectado de exhibicionismo culpable. Se dice de Uclés que confunde el activismo con la literatura, o que dedica más esfuerzo a planificar la estrategia comercial de sus obras que a limpiarlas de solecismos, anacolutos, gerundios y topicazos, que es lo único por lo que deberíamos pagar a un escritor. Se acusa a Uclés, en suma, de cultivar a su personaje antes que a sus personajes. Un personaje de diseño, calculadamente progresista, con el catálogo en regla de filias y fobias compulsadas por un mandarinato cultural que aún concede los premios o administra las cancelaciones en España.







‘Personaje de diseño’. ¿Pues qué esperabas? A mí más que Macario o la charanga del tío Honorio me recuerda a Pepe Soplillo, con su sonrisa angelical y algo cretina