
Cada cual se obsesiona con lo que no tiene, así que el madrileño enseguida se alboroza ante el mar y ante la nieve. Me refiero al madrileño capitalino, porque el serrano viene acostumbrándose al mullido silencio de las cumbres blancas desde tiempos carpetanos. El carácter de Madrid consiste en un casticismo amistado con la vanguardia, y por eso debía ser el más madrileño de nuestros escritores quien nos informara del origen de los cisnes: desde Ramón sabemos que nacen de la nieve caída en el lago. No sabemos cuántos cisnes nacieron del seno glaciar de Filomena, ni sabemos si nos abandonaron como los patos de Tony Soprano o si reemplazaron a los que nadaban unánimes junto al Palacio de Cristal, aprovechando que El Retiro lo cierran por las noches. La nevada de nuestras vidas nos visitó hace cinco años como la embajadora cósmica de otra era. A este madrileño le cayó en mitad de una mudanza, inaugurando a sus treinta y muchos la improbable condición de propietario, y al tomar orgullosa posesión de mi dominio tuve primero que desokupar a Filomena, que había descerrajado la caldera con sus gélidos puños. Dos semanas pasé duchándome con una ensaladera puesta a calentar en el microondas. Pero nunca temblé tanto como en el cubil de mi primera emancipación: le sobraba bohemia a fuerza de faltarle calefacción en enero y aire acondicionado en julio. Cuando le mandé a mi hermana médico una foto de mis dedos súbitamente añiles, en la esperanza de haber merecido al fin la bendición de los estigmas, me respondió con un arcaísmo sacado de las historietas de Carpanta: «Sabañones».






