
Ayer a las once de la mañana yo estaba cansado y tenía frío. Un aire pirenaico toma Córdoba en enero, este mes crudo de la Andalucía interior en que se encogen hasta los naranjos y tiritan los olivos. Llevaba desde las cinco en la calle con el micrófono de Cope en la mano junto al centro cívico Poniente Sur de Córdoba, donde dormían (lo intentaban) cincuenta familiares de víctimas que no habían querido ir a un hotel: pensaban que estarían mejor informados del paradero de sus allegados. Se aferraban a la esperanza. Otros aguardaban la noticia que acabaría con la inhumana fase de la incertidumbre y les permitiría abrir el periodo inhumano del duelo.







