
No sé si habrá sido el último mensaje de Navidad pronunciado por Felipe VI con Pedro Sánchez todavía en La Moncloa. Es probable que sí, y en caso contrario habrá sido el penúltimo. Y precisamente por esa sensación de finitud autopercibida (que se ha hecho más espesa desde la debacle extremeña), el Gobierno parece haber intervenido con mayor celo que otros años en el discurso del Rey. Cuando un presidente se siente fuerte no necesita acudir tan desesperadamente a una autoridad superior para que revitalice su propaganda. Bienvenidas fueron las alusiones a la multilateralidad, el cambio climático, el europeísmo, el problema de la vivienda. Pero echamos de menos una mención a la separación de poderes, a la regeneración, a la función del Parlamento.







Lo cierto es que la elegía por un tiempo ido produce interrogaciones ¿Es un tiempo ido el que pone en primer plano al marqués de la Ensenada en vez de a Fernando VI? ¿A Cánovas frente a Alfonso XII? Las madres regentes darían para un poco de calma, de Cristina de Habsburgo a -ya sé que no es regente, pero me entiendo y espero que me entiendan- Sofía de Borbón, calma que no sé si saben cuánto se agradece. El rey aparece en un espacio real que, afortunadamente no es el suyo (recuerdo a Alfonso XIII quejándose de que sólo en los viajes había podido comer caliente, cosa que en el ciclópeo palacio real, para nada) pero que imagino producirá sensaciones más allá del distrito 5, dónde todo gabrielrufián tiene su asiento. Gabrielrufián. Eso sí que es un teletubby.