
Usted se ha levantado esta mañana y quizá no ha reparado enseguida en el genocidio. Ha sonado el despertador y su primer pensamiento no se ha dirigido a Gaza sino al examen del niño, a la reunión con el jefe, a la revisión de su mujer. Lleva tiempo con molestias, aunque ella nunca se queja. Y en cualquier caso los gazatíes están bastante peor. «¿Cómo puedo ser tan egoísta?», se ha preguntado nada más encender la radio y recordar que amanece otro día de hambre en la Franja. Allí el problema no es tener una cita médica: es no tenerla. Apenas quedan hospitales en pie. No hay gente desayunando a toda prisa para salir escopetado hacia el trabajo porque no hay nada que desayunar, ni hay otro trabajo que el de la pura supervivencia. Y usted pensando en sus pequeños problemas del primer mundo, en el lujo pequeñoburgués de un café con tostada y en la banal presentación que debe ultimar con el jefe. Con el que encima discutió el otro día por decir que a él Netanyahu no le ha hecho nada y que no le paga para que haga activismo.






