La próxima revolución, como todas las anteriores, la harán jóvenes airados sin mucho que perder dirigidos por el resentimiento de quienes no ganaron todo lo que esperaban. Perdedores de la globalización que aguardan su momento para auparse a la cresta de la ola sobre hombros más lozanos, delimitando el terreno de la guerra cultural y marcando con dos garabatos al enemigo. Luego, una muchachada ingenua los seguirá hasta las afueras de Hamelín. Lo de siempre.
Todos quieren saber el secreto de Maria Branyas para haber llegado a los 117 años. El Titanic ni se había proyectado cuando la nena Maria empezó a gatear por los suelos de su casa de San Francisco, California. Nuestra supercentenaria, vencida al fin por la parca en 2024, ha sido la española más longeva de todos los tiempos. La cubre ya el polvo ancestral de la Cataluña de sus padres emigrantes, pero nació en unos Estados Unidos que conservaban aún la edad de la inocencia. Tuvo ella la coquetería suprema de donar en vida su cuerpo a la ciencia, cosa que no está al alcance de cualquier metabolismo. Y el doctor Manel Esteller, autoridad mundial en epigenética, acaba de publicar los resultados de su estudio.
Los diputados socialistas de Aragón que acompañaron a Javier Lambán en la última lista electoral se han negado a aplaudir la memoria premiada de su difunto líder porque el reconocimiento venía del PP. Se le ocurrió a Jorge Azcón conceder a Lambán a título póstumo el premio Gabriel Cisneros que distingue el compromiso con los valores constitucionales. Pero esa noble distinción, en vez de llenar de orgullo a sus camaradas, los llenó de vergüenza. Y de miedo. Paranoicos todos, comprobando de reojo que tampoco aplaudía su vecino de escaño, no fuera a acabar la imagen de la traición en el móvil del césar.
En la semana grande de los procesamientos familiares, el hermano de David y marido de Begoña corrió a esconderse a la ONU disfrazado de palestino, no fuera a reconocerlo algún reportero de la CNN, cadena a la que dio plantón cuando se enteró de que Sarah Santaolalla no trabaja allí. Ausente El Zorro del Desierto, toda la artillería de la oposición se concentró este miércoles en María Jesús Montero.
Había una vez un director de orquesta llamado David que vivía en San Petersburgo y no tenía trabajo. Un buen día, buscando en Google, encontró una oferta laboral que le iba como anillo al dedo. Como las manos a la masa. Como silla al culo, en una palabra. Nuestro músico en paro decidió concurrir al puesto no sin antes consultar a su hermano mayor, que de un tiempo a esta parte se había convertido en su más eficaz consejero. Concretamente desde que empezó a dirigir el partido que gobernaba en el lugar que ofertaba la plaza.
El titular informa de que el funeral de Charlie Kirk mezcló la religión con la política. La noticia más bien sería que el laicismo triunfa en el país. Las emociones religiosas vinculadas a la fe en el destino manifiesto y la nación providencial recorren la vida pública de EEUU desde Lincoln hasta Obama. Lo interesante es el prisma religioso que cada época o cada líder adoptan para hacer política. El trumpismo ha adoptado el patrón narrativo del Antiguo Testamento por razones obvias: es más simple, obedece a una concepción primitiva de la sociedad, cautiva más fácilmente la imaginación. Por eso las grandes ficciones nacionales de Melville o Faulkner acentúan el destino bíblico del hombre americano.
Estoy harta. Como diría mi amiga Ada, no puc més. Escribo esta entrada en la intimidad de mi camarote, un espacio seguro donde rumiar las tribulaciones de mi conciencia, al amparo de un candil de queroseno con certificado energético de bajas emisiones. Habitualmente uso este cuaderno para aliviar la presión que la injusticia del mundo pone sobre mis hombros, pero hoy empuño esta pluma de faisán sintético para testimoniar mi descontento privado con el derrotero moral de esta Flotilla. No me dejaré llevar en público por la indignación, porque no quiero hacerles el juego a los creadores de memes de la ultraderecha neoliberal. Pero reconozco que estoy hasta donde cambia el clima de toda esta gente.
Que dice la ministra de Igualdad que no entiende el escándalo que se ha montado con las dichosas pulseritas. Y tiene toda la razón. Ella es ministra, no carcelera. Tiene cosas más importantes que hacer que andar todo el día comprobando si tal o cual violador se arranca la pulserita sin que suene y luego la revende en el mercado negro. Las ministras de Igualdad del Gobierno más feminista de la historia no están para vigilar a los machistas condenados sino a las mujeres amenazadas por los bulos de la ultraderecha o por el feminismo liberal, valga la redundancia. No, bonita: el feminismo no se puede practicar de cualquier forma. Por algo lo inventó el socialismo. Concretamente el socialismo de Leire Pajín, Bibiana Aído, Carmen Calvo, Irene Montero y Ana Redondo. Tales son los rostros que debieran esculpirse en el Monte Rushmore del Feminismo Español. Propongo Cuelgamuros, que ahí sobra granito berroqueño para tallar semejantes jetas.