
Todavía hay formas de viajar de incógnito en esta sociedad hiperconectada. Pongamos que un expresidente español necesita citarse en Ginebra con un prófugo de la justicia sin que nadie se entere. Se puede hacer: Suiza es un país habituado a la discreción, lleva décadas guardando los secretos financieros (y políticos) más inconfesables de su selecta clientela. Pero hoy en día el más tonto puede sacar su móvil y hacerte una foto inoportuna esperando en la cinta de equipajes con cara de párroco en un burdel; o saliendo de una tienda de suvenires con una caja de bombones para agasajar a tu interlocutor, que no en vano pertenece a una reconocida casta de pasteleros gerundenses.







