
No es sencillo defender al difunto Papa de un elogio de Pablo Iglesias. «Compartimos barricada», le asestó en cierta ocasión. España es la meca del pensamiento posicional, lo que quiere decir que el español generalmente no examina la bondad de las opiniones por sí mismas sino que las adopta o las rechaza en función de quién las sostiene. Y como encuentra mayor estímulo intelectual en la discrepancia que en el alineamiento, primero se fija en lo que opina su enemigo y luego procede a colocarse enfrente. Por eso nuestra política parlamentaria no pone el énfasis en lo que se vota sino en la compañía: ¡Junts votando con Vox! ¡El PP votando con el PSOE! Y por eso cada vez que se fallaba un premio literario Unamuno no se preguntaba a quién se lo habían dado sino contra quién. Ahí seguimos: la blanca nieve se le antoja más bien grisácea al español que ve a su cuñado reivindicando la luminosa blancura de la nieve. Y hay que reconocer que pensar así ahorra mucho tiempo y no menos energía, pero también explica la magra nómina del racionalismo español además de nuestra entrañable afición a la guerra civil.







