
Un documental de A Contracorriente Films relata la lucha a muerte entre los dos últimos gladiadores de Roma. La pelea enfrentó a un napolitano con un suizo hasta que uno logró acabar con el otro sin necesidad de tocarlo. Durante cinco décadas del siglo XVII los romanos asistieron sobrecogidos al progreso de su odio, que iba cristalizando en las calles y plazas de toda la ciudad. Sus armas no fueron el tridente o la red sino el escoplo o el lápiz. Al rastro sublime y feroz de su contienda se le llamó barroco.







Hay una santa imagino que prebarroca retratada en mármol bajo su altar del trastevere, degollada y con un trapo cubriéndole la cabeza, que no es de este mundo. Como tampoco creo que lo sea, pero por otras razones mucho más prosaicas, el airoso busto de Luis XIV en que Bernini muestra al monarca como todo lo que hace el italiano, un fragmento de columna salomónica en que el cuello real muestra el esternocleidomastoideo como eso, un master of the universe. Hay retratos más veristas de su majestad que lo muestran con coloretes en los mofletes mucho más acorde con lo que se ve en sus decendientes Carlos IV o Juan Carlos I. Qué demonios, como el monsieur que aparecía en una tira cómica del ¡Hola! (tú ni te acordarás, Tamara) décadas ha. Mr Dupont, o como se llamase, aparecía con su cabeza como un huevo duro, en contraste con las bellas melenas FrançoisHardy de sus hijas. ¿Cómo sería Versalles sin pelucas salomónicas? El desenvolvimiento de Bernini en producir ‘elevaciones’ tales, sacras, profanas y equipolentes debió de ser lo que desquiciara al pobre Borromini.
Stefano Madero, Santa Cecilia. La posición de ambas manos. No hace falta que viajen a Roma, porque la ubicación de la estatua bajo el altar hace un poco complicado el visionado. Éste dichoso internet es el que permite enhebrar la visión de la muerte y la eternidad.