
Hay algo peor que dejarte secuestrar: no enfadarte con tu secuestrador. Perder durante el cautiverio la última dignidad que nace de una razón autónoma. Abrazar tu condición como aquel esclavo de Chesterton que ya no se preguntaba si merecía sus cadenas sino si era lo suficientemente digno de llevarlas. Pero hay algo todavía peor que vivir secuestrado: renunciar a la libertad cuando al fin se te ofrece. Quedarse en el zulo cuando tu secuestrador ya se ha marchado, dejando la cancela abierta, sabiendo que seguirás sometido incluso a cielo abierto, esperando su regreso, deseándolo fiera, enfermizamente.






