
Svetlana tiene 65 años y ayer decidió personarse en el funeral oficiado en la única iglesia moscovita que no se negó a celebrar una misa por Navalny. Su despedida apenas congregó a un millar de personas, y como todas ellas Svetlana fue cacheada y fichada por la policía política de Putin. Ahora ya sabe que figura en el tétrico registro de disidentes de la dictadura rusa, que es tanto como opositar a una dosis inopinada de Novichok o a una celda en algún gulag ártico, pero ella no se considera ninguna heroína. Cuando los periodistas le preguntaron por sus razones para aparecer por allí, respondió con sencillez: «Aunque tengo miedo, estoy aquí».






