
Confesaré a mis lectores más furiosamente antisanchistas que en la noche del domingo experimenté por un segundo el horror al vacío. Como si un relámpago iluminara mi peor pesadilla puesta en pie, me aterró no la posibilidad del triunfo del BNG sino la proximidad de la caída del sanchismo. Avanzado el escrutinio vislumbré claramente los contornos de una política española liberada de Pedro Sánchez. Y semejante visión me bloqueó.






