
Aún no sé si me cae mejor Pablo Iglesias o Carles Puigdemont: saldré de dudas al final de esta legislatura. Naturalmente ambos líderes encarnan proyectos odiosos para cualquier español que aprecie la convivencia, la libertad y la democracia. Pero en su solitaria resistencia al abrazo letal de Pedro, en su casta negativa a ofrecerse en la cama redonda de saldo y neón donde ya retozan Otegi y Junqueras, brilla un rasgo de carácter que valoro: la rebeldía de quien señala la desnudez del emperador. Precisamente porque nadie ha embaucado tanto como Iglesias o Puigdemont, los dos están vacunados contra los susurros del gran seductor. Son dos radicales libres, inasequibles a la corrupción de su ideal, por más totalitario que ese ideal resultara en la práctica. Viajan atados al mástil de sus naves a la deriva, sordos al hechizo de las sirenas socialistas, que cantan más alto que ninguna criatura del país.







