Pedro Frankenstein de Beukelaer

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El Pensador.

Había una vez un apuesto candidato que quería ser príncipe, pero solo podía serlo besando unos sapos muy feos de color amarillo y morado. Así que los besó, y todos en el reino le vieron besarlos, y él sentía vergüenza de haberlos besado. Pero como ya era el príncipe, lanzó desde palacio una campaña contra una plaga de sapos más feos que los suyos, de un verde intenso, y el pueblo tuvo miedo y creyó la versión de palacio, aunque su inquilino seguía necesitando a sus sapos para reinar. El príncipe viajó por Europa, donde odian a los batracios, y decidió que él era un europeo demasiado guapo para depender de ningún sapo, así que hizo un discurso de investidura destinado a “hombres y mujeres libres e iguales en armonía con la naturaleza”. Pero entonces los sapos amarillos y morados que le habían llevado a palacio se sintieron repudiados y dolidos. Y ahora todo el reino aguarda el final del cuento: no se sabe si el príncipe tendrá que volver a comerse sus sapos o provocará elecciones para que el pueblo le reconozca como príncipe absoluto, cosa que es muy difícil porque el sapo verde ya no da tanto miedo como antes.

Pedro Sánchez nos ha contado un cuento de investidura tan fantasioso que las taquígrafas de las Cortes iban ruborizándose al transcribirlo. Rubalcaba, que era científico, aportó la taxonomía precisa del engendro –Frankenstein-, pero Iván Redondo, que es guionista de ficción, se empeña en vendernos al Príncipe de Beukalaer. ¿Cómo se pasa del verde monstruoso al rubio angelical? Pues negando la realidad como los niños: tapándose la cabeza con la manta para no ver al elefante morado en la habitación. Eso ha sido el discurso de Sánchez. Un acarreo de solemnidad plúmbea, clamorosas omisiones -¿Cataluña? ¿No está eso debajo del país de Emmanuel?-, estomagante cursilería y propuestas legislativas muy por encima de sus posibilidades parlamentarias. Tengo anotadas una Ley de Startups, un Estatuto del Trabajador y la Trabajadora, un Estatuto del Artista (y la Artista), una Ley de Igualdad de Trato (esta vez no de Trata), un reconocimiento del Derecho a Jugar de los Niños, otro del Derecho a Respirar Aire Limpio, una ¡Ley de Plásticos de Un Solo Uso! y hasta una Ley de Libertad de Conciencia. Que jurídicamente es algo así como una normativa de Respiración Espontánea. Todo ello en medio de amargos lamentos por “tres años de bloqueo político”, expresión que en boca del padre de todos los noes motivó el respingo de Pablo Casado, que se giró asombrado hacia Teodoro García Egea para luego abstenerse de verbalizar la fascinante desvergüenza del hombre que va a gobernarnos.

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22 julio, 2019 · 17:13

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