Otoño imbécil

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Ellos se juntan.

A este tipo, Torra, lo define el modo en que hurtó el rostro a Albiol para cortar una discusión en el homenaje de Cambrils. Ese movimiento accionado por la cobardía a medias con la intransigencia revela el carácter paradójico del supremacista, que comparte con el machista esa debilidad íntima que trata de enmascarar con la violencia. Torra no alienta el enfrentamiento porque sea malvado, sino porque es imbécil: etimológicamente, un hombre sin atributos. Uno que ignora que inventamos la política institucional para reglar el conflicto, y que su principal deber como dirigente público consiste en mantener las formas cuando discute con otro político de signo opuesto. Se reconoce al fanático irrecuperable cuando esa cortesía elemental le exige un esfuerzo superior a sus fuerzas. Y cuando el poder recae en una personalidad subdesarrollada, detenida en el radicalismo de la niñez mental, sobreviene el desastre. Porque a un niño siempre le sobra la democracia.

Cómo echamos de menos a los políticos profesionales, tan denostados por esta ola populista que atiza resentimientos necios a cambio del relevo en los despachos. El sabio pragmatismo de los diplomáticos de culo de hierro que jamás se levantaban de la mesa de negociación ha sido vencido por la estupidez triunfal de los puros, los insobornables, los imbéciles poseídos de misiones y ayunos de inteligencia. Cuenta Cicerón que Catón no se explicaba que un arúspice no rompiera a reír al encontrarse con otro arúspice, conscientes ambos del fraude del que vivían y de la extendida credulidad de sus clientes; pero cuando Torra se encuentra con Puigdemont, cuando estos dos aprendices de brujo salidos del sobaco más profundo de Wilfredo el Velloso se miran a la cara, nadie se ríe. Y ese es el drama: que la fase cínica -representada por Artur Mas– ha sido superada por la fase dogmática.

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1 comentario

5 septiembre, 2018 · 11:53

Una respuesta a “Otoño imbécil

  1. oigo con mis ojos a los muertos

    Alguien que no me gusta particularmente comentaba que no se ve capaz de intentar literatura a la catalana, rococó -de Sagarra, Quim Monzó-: Indigesta. La cara de muñeco fondón de boda de tarta belga de uno, de energumeno conjurado del otro -menos mal que se le ha olvidado la gorra o lo que fuese- parecen indicar que los idola fori penetran mucho, mucho mas de lo que pueda parecer. Pero hay, claro, algo más: la semana pasada devolvi a la biblioteca pública la biografía de McCartney publicada por ‘Malpaso’ que es -vaya por Dios- la joint-venture de un editor mexicano y -Y- algún Pujol que sigue tejiendo, sigue registrando. Tienen en la prensa palenque de sobra para que los dos augustos de arriba sigan figurando y el resto de la tribu siga a lo suyo, a la endogamia

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